CUANDO se habla y escribe desde donde se
debe (es decir, desde las entrañas), no
desde la pose y el banal artificio, la palabra ilumina y revela, une y aúna,
enlaza. Y sana y cura tanto los males del alma como del cuerpo, como hacía
aquél fantástico bálsamo de Fierabrás al que tan oportunamente acudía el inmortal
Don Quijote de la Mancha en sus momentos de extremo descalabro...
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